la envolvía con su
Cowley cantó:
— M’appari tutt’amor: Il mio sguardo l’incontr …
Ella saludó, sin oír a Cowley, su velo a un ser que se marchaba, querido, al viento, amor, vela rauda, regresa.
―Sigue, Simon.
—Ah, seguro que mis días de baile han terminado, Ben… Bueno…
El señor Dedalus dejó su pipa en reposo junto al diapasón y, sentándose, tocó las teclas obedientes.
—No, Simon —se volvió el padre Cowley—. Tócala en el original. Un bemol.
Las teclas, obedientes, subieron más alto, contaron, vacilaron, confesaron, confusas.
Al fondo