Y al mismo instante tal vez un sacerdote a la vuelta de la esquina la está elevando. ¡Dringdríng! Y a dos calles de allí otro la guarda en un copón. ¡Dringadríng! Y en una capilla lateral otro comulgando él solito. ¡Dringdríng!
Abajo, arriba, adelante, atrás. En eso pensaba Dan Occam, doctor invencible. Una neblinosa mañana inglesa el diablillo hipóstasis le hizo cosquillas en el cerebro.
Bajando su hostia y arrodillándose oyó entrelazarse con su segunda campanilla la primera campanilla del transepto (él está elevando la suya) y, al levantarse, oyó (ahora estoy elevando yo) sonar juntas las dos campanillas (él está de rodillas) en diptongo.
Primo Stephen, nunca serás un santo. Isla de los santos.
Eras rematadamente beato, ¿verdad? Le rezabas a la Santísima Virgen para no tener la nariz roja. Le rezabas al diablo en Serpentine Avenue para que la viuda rechoncha de delante se levantara aún más los vestidos de la calle mojada.
¡O si, certo! Vende tu alma por eso, anda, trapos teñidos alfilereados alrededor de una squaw.
¡Cuéntame más, cuéntame todavía más! ¡Allá arriba, en el tranvía de Howth, solo, gritándole a la lluvia: mujeres desnudas! ¿Qué me dices de eso, eh?
¿Y qué de qué? ¿Para qué más fueron inventadas?
¿Leer dos páginas de cada uno de siete libros todas las noches, eh? Yo era joven. Te inclinabas ante ti mismo en el espejo, dando un paso al frente ante los aplausos entusiastas, con rostro expresivo. ¡Hurra por el maldito idiota! ¡Hra! Nadie vio: no se lo digas a nadie. Libros que ibas a escribir con letras por títulos. ¿Has leído su F? O sí, pero prefiero la Q. Sí, pero la W es