señora —respondió Buck Mulligan.
Stephen escuchó en un silencio desdenoso.
Inclina su anciana cabeza ante una voz que le habla con fuerza, su curandera de huesos, su curandero: a mí me desprecia.
Ante la voz que absolverá y ungirá para la tumba todo lo que hay en ella salvo sus lomos de mujer impura, de carne de hombre no hecha a imagen de Dios, la presa de la serpiente.
Y ante la voz fuerte que ahora le ordena callar con ojos asombrados e inestables.
―¿Comprendes lo que dice? —le preguntó Stephen.
—¿Es francés lo que hablan, señor? —dijo la anciana a Haines.
Haines le habló de nuevo,