la bandeja.
―No logra hallar rastro alguno de infierno en el antiguo mito irlandés, dijo Haines, entre las alegres tazas. La idea moral parece faltar, el sentido del destino, de la retribución. Bastante extraño que tenga precisamente esa idea fija. ¿Escribe algo para vuestro movimiento?
Hundió con destreza dos terrones de azúcar a lo largo a través de la crema batida.
Buck Mulligan abrió un scone humeante en dos y untó manteca sobre su miga humeante. Mordió un trozo blando con avidez.
—Diez años —dijo, masticando y riendo—. Va a escribir algo en diez años.
―Parece muy lejano —dijo Haines, levantando pensativamente su cuchara—. Aun así, no me extrañaría que lo hiciera después de todo.
Probó una cucharada del cono cremoso de su taza.
—Supongo que esto es auténtica crema irlandesa —dijo con paciencia—. No quiero que me tomen el pelo.
Elías, esquife, ligero papelucho arrugado, navegó hacia el este por los costados de barcos y arrastreros, en medio de un archipiélago de corchos, más allá de la nueva calle Wapping, pasando el transbordador de Benson, y junto al bergantín goleta de tres palos Rosevean procedente de Bridgewater con ladrillos.
Almidano Artifoni pasó ante la calle Holles, ante el taller de Sewell. Detrás de él, Cashel Boyle O’Connor Fitzmaurice Tisdall Farrell, con el bastónparaguasabriguropolvo colgando, evitó la farola ante la casa del señor Law Smith y, cruzdando, caminó a lo largo de