―¿Cómo está el cuerpo?
―Bien. ¿Cómo estás?
―Respirando nomás, dijo M’Coy.
Con los ojos puestos en la corbata negra y la ropa, preguntó con bajo respeto:
―¿Hay algún... espero que no haya ningún problema? Veo que estás...
—O no, dijo Mr Bloom. El pobre Dignam, ya sabe. El entierro es hoy.
—Sin duda, pobre hombre. Así es. ¿A qué hora?
Una foto no es. Una placa tal vez.
—E … once, respondió don Leopoldo.
—Tengo que intentar ir por allí —dijo M'Coy—. ¿Las once, dices? Lo acabo de oír anoche. ¿Quién me lo contaba? Holohan. ¿Conoces al cojo Hoppy?
—Lo sé.
Mr. Bloom contempló al otro lado de la calle el carruaje de alquiler detenido ante la puerta del Grosvenor. El botones izó la maleta al pescante. Ella se quedó quieta, esperando, mientras el hombre, marido, hermano, como ella, rebuscaba moneda suelta en los bolsillos. Abrigo elegante más bien con ese cuello vuelto, abrigado para un día como este, parece paño de manta. Postura descuidada la suya con las manos en esos bolsillos de parche. Como aquella altiva criatura en el partido de polo. Las mujeres todas muy castizas hasta que les tocan el punto débil.