bien el aliento bailando. No sirve tararear entonces. Aludir a ello. Clase de música extraña la de anoche. El espejo estaba en penumbra. Se frotó el espejito de mano con brisa contra su chaleco de lana sobre su teta blanda y colgada. Escudriñándose en él. Arrugas en los ojos. No iba a dar resultado de algún modo.
Horas vespertinas, muchachas de gasa gris.
Horas nocturnas luego negras con puñales y antifaces.
Idea poética rosa, luego dorada, luego gris, luego negra. A la vez fiel a la vida todavía.
El día, luego la noche.
Arrancó bruscamente la mitad del cuento premiado y se limpió con él. Luego se ciñó los pantalones, se estiró y se