a Chris Callinan y al cochero: la osa mayor y Hércules y el dragón y todo el maldito atado. Pero, por Dios, yo estaba perdido, por decirlo así, en la vía láctea. Las conoce a todas, a fe mía. Por fin ella divisó una chiquitita de nada a leguas de distancia. ¿Y qué estrella es esa, Poldy?, dice ella. Por Dios, tenía a Bloom contra las cuerdas. ¿Esa de ahí, verdad?, dice Chris Callinan, hombre, si eso no es más que lo que se dice un pinchazo de alfiler. Por Dios, no andaba muy lejos del blanco.
Lenehan se detuvo y se apoyó en el pretil del río, jadeando con una risa suave.
—Estoy débil —gajeó—.
El rostro blanco de M’Coy sonrió al respecto por instantes y se puso serio.
Lenehan siguió caminando. Se levantó la gorra de yate y se rascó la nuca rápidamente. Miró de soslayo bajo la luz del sol a M’Coy.
—Es un hombre culto y de mundo, Bloom, dijo con seriedad. No es de esos vulgares y corrientes... ya sabe... Hay un toque de artista en el viejo Bloom.
Mr. Bloom ojeó perezosamente las páginas de Las horribles revelaciones de Maria Monk, luego las de La obra maestra de Aristóteles. Impresión torcida y chapucera. Láminas: infantes acurrucados en una bola en matrices rojo sangre como hígados de vacas sacrificadas. Montones de ellos así en este momento por