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1. Telémaco

consumido dentro de sus flojas ropas sepulcrales marrones despidiendo un olor a cera y palo de rosa, con su aliento, que se había inclinado sobre él, mudo, reprochador, un tenue olor a cenizas humedecidas. Al otro lado del borde del puño raído vio el mar aclamado como una gran madre dulce por la voz bien alimentada a su lado. El círculo de la bahía y la línea del horizonte contenía una masa verde y mate de líquido. Un cuenco de porcelana blanca había estado junto a su lecho de muerte conteniendo la bilis verde y perezosa que ella había arrancado de su hígado podrido en ataques de ruidosos y gemebundos vómitos.

Buck Mulligan se volvió a limpiar la hoja de la navaja.

—Ah, pobre esclavo, —dijo con voz amable—. Debo darte una camisa y unos cuantos pañuelos. ¿Qué tal los pantalones de segunda mano?

―Se ajustan bastante bien ―respondió Stephen.

Buck Mulligan atacó la hondonada bajo su labio inferior.

—La burla de todo esto —dijo con satisfacción—, de segunda pierna deberían ser. Vaya a saber qué tarambana roñoso los dejó olvidados. Yo tengo un par divino con raya diplomática, grises. Te van a quedar fetén. No es broma, Kinch. Te ves de puta madre cuando vas arreglado.

—Gracias —dijo Stephen—. No puedo usarlos

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