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Capítulo 2

cartera de Armstrong. De vez en cuando los frotaba entre las palmas de las manos y se los tragaba despacito. Las migas se le pegaban a los tejidos de los labios. Un aliento azucarado de muchacho. Gente acomodada, orgullosa de que su hijo mayor estuviera en la marina. Vico Road, Dalkey.

―¿Pirro, señor? Pirro, un pilar.

Todos rieron. Risas estridentes, sin alegría, llenas de malicia.

Armstrong miró a su alrededor a sus compañeros de clase, con una tonta alegría de perfil.

Dentro de un momento reirán más fuerte, conscientes de mi falta de autoridad y de los honorarios que pagan sus papás.

―Dime ahora —dijo Stephen, empujando el hombro del muchacho con el libro—, qué es un muelle.

—Un espigón, señor —dijo Armstrong—. Algo que se adentra en las olas. Una especie de puente. El espigón de Kingstown, señor.

Algunos volvieron a reír: sin alegría pero con intención. Dos en el banco de atrás susurraban. Sí. Sabían: jamás habían aprendido ni jamás habían sido inocentes. Todos.

Con envidia observó sus rostros. Edith, Ethel, Gerty, Lily. Sus semejantes: sus alientos, también, endulzados con té y mermelada, sus brazaletes riendo disimuladamente en el forcejeo.

―El muelle de Kingstown, dijo Stephen. Sí, un puente decepcionado.

Las

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