boquiabiertos. Igual se arman broncas. Todos para uno mismo. Niños peleándose por los restos de la olla. Hace falta una olla de sopa tan grande como el Fénix Park. Arponeando costillares y cuartos traseros de dentro. Odiar a la gente que te rodea. Table d’hôte del hotel City Arms lo llamaba ella. Sopa, asado y postre. Nunca sabes cuyos pensamientos estás masticando. ¿Y entonces quién lavaría todos los platos y tenedores? Quizá para entonces se alimenten todos a base de pastillas. Los dientes cada vez peor.
Después de todo hay mucho en ese fino sabor vegetariano de las cosas de la tierra ajos, claro, apesta organilleros italianos crujido de cebollas, champiñones trufas.
Dolor para el animal también. Pelar y destripar aves. Miserables brutos allá en el mercado de ganado esperando a que el hacha de matar les abra los cráneos de un tajo. Mú. Pobres terneros temblorosos. Mee. Ternerillo tambaleante. Sartenada de repollo y patatas.
Los cubos de los carniceros tambalean bofes. Dame ese brisket del gancho. Plop. Cabeza pelada y huesos ensangrentados. Ovejas desolladas de ojos vidriosos colgadas de las ancas, hocicos de oveja con papel ensangrentado mocos de moco mocofrío sobre serrín. Tapa y correones saliendo. No manosees esos trozos, jovencito.
Sangre fresca y caliente recetan para la decadencia. Sangre siempre necesaria. Insidiosa. Lamerla, humeante,