los labios bañados en té de bronce, a los labios y ojos atentos.
―La flor y nata de Erin pendía de sus labios. El ponderoso sabio, Hugh MacHugh, el más brillante escriba y editor de Dublín, y aquel muchacho menestral del salvaje y húmedo oeste que es conocido por el eufónico apelativo de O’Madden Burke.
Tras una pausa, el señor Dedalus levantó su vaso de grog y
―Eso debió haber sido muy divertido —dijo él—. Ya veo.
Él ve. Él bebió. > Con lejano ojo de montaña en duelo. Depuso