la vieja cítara. Qué tardes tan agradables pasábamos entonces. Molly en la silla de mimbre de Citron. Qué agradable de sostener, fruta cérea y fresca, sostenerla en la mano, acercarla a las fosas nasales y oler el perfume. Así, pesado, dulce, perfume silvestre. Siempre igual, año tras año. También alcanzaban precios altos, me dijo Moisel. Arbutus place: Pleasants street: viejos y agradables tiempos. Debe ser irreprochable, dijo. Viniendo desde tan lejos: España, Gibraltar, Mediterráneo, el Levante. Cajones alineados en el muelle de Jaffa, un tipo tachándolos en una libreta, peones manipuleándolos con petos manchados. De ahí es de donde es cómo-se-llama. ¿Cómo se? No ve. Un tipo al que conoces solo para saludar, un poco pesado. Su espalda es como la de aquel capitán noruego. Me pregunto si lo veré hoy. Carro de riego. Para provocar la lluvia. En la tierra como en el cielo.
Una nube comenzó a cubrir el sol por completo lentamente por completo.
- Gris.
- Lejos.
No, así no. Una tierra estéril, yermo desolado. Lago volcánico, el mar muerto: sin peces, sin algas, hundido en las entrañas de la tierra. Ningún viento levantaría aquellas olas, metal gris, aguas de bruma venenosa. Azufre llamaban al que llovía: las ciudades de la llanura: Sodoma, Gomorra, Edom. Nombres todos muertos. Un mar muerto en una tierra muerta, gris y vieja. Vieja ya. Engendró a la más vieja,