abrochó. Tiró de la puerta atabalada y temblorosa del retrete y salió de la penumbra a la luz.
A la luz clara, con los miembros aligerados y frescos, examinó con cuidado sus pantalones negros, los remates, las rodillas, los huecos de las rodillas.
¿A qué hora es el funeral? Más vale averiguarlo en el periódico.
Un crujido y un zumbido oscuro en el alto aire. Las campanas de la iglesia de San Jorge. Dieron las horas: hierro oscuro y sonoro.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Un cuarto para las.
Otra vez: el armónico cruzando el aire. Un tercero.
¡Pobre Dignam!