risitas de puro deleite. Tenía tan solo once meses y nueve días de edad y, aunque aún era un pequeñajo que apenas daba sus primeros pasos, empezaba a balbucear sus primeras palabras infantiles. Cissy Caffrey se inclinó sobre él para tirarle de los pequeños mechones regordetes y del delicado hoyuelo de su barbilla.
―Ahora, nene, dijo Cissy Caffrey. Dilo bien fuerte, bien fuerte. Quiero un trago de agua.
Y el bebé balbuceaba tras ella:
―A jink a jink a jawbo.
Cissy Caffrey mimoseaba al nene porque le chiflaban los críos, tan paciente con los angelitos enfermos, y no había forma de que Tommy Caffrey se tomara el aceite de ricino a menos que fuera Cissy Caffrey la que le tapaba la nariz y le prometía el mendrugo durito de pan negro con sirope rubio. ¡Qué poder de persuasión tenía la muchacha! Pero la verdad es que el nene era un