―preguntó con picardía.
―¡Ma! ―dijo Almidano Artifoni.
Miró por encima del hombro de Stephen hacia la nudosa coronilla de Goldsmith.
Dos coches llenos de turistas pasaron lentamente, sus mujeres sentadas delante, agarrándose abiertamente a los asideros.
Pálidos rostros.
Brazos de hombres abiertamente alrededor de sus formas achaparradas.
Miraban desde Trinity al ciego pórtico columnado del Banco de Irlanda donde las palomas arrullaban cu-cu.
— También yo he tenido de esas ideas —dijo Almidano Artifoni— cuando era joven como usted. Y después me he convencido de que el mundo es una bestia. Y es una pena. Porque su voz… sería una fuente de ingresos, hombre. En cambio, usted se sacrifica.
― Sacrifizio incruento, dijo Stephen sonriendo, balanceando