La parienta planchándole la espalda. Se cree que se le va a curar con pastillas. No son más que migas de pan. Alrededor de un seiscientos por ciento de beneficio.
—Andará con una recfila de calaña baja —gruñó el señor Dedalus—. Ese Mulligan es un canalla asqueroso, maldito y rematado según dicen todos. Su nombre apesta por todo Dublín. Pero con la ayuda de Dios y de su santísima madre me encargaré de escribirle una carta uno de estos días a su madre o su tía o la que sea que le va a abrir los ojos como platos. Ya le haré cosquillas en las posaderas, créanme.
Lloró por encima del estrépito de las ruedas.
―No voy a permitir que su maldito sobrino arruine a mi hijo. El hijo de un trepa. Vendiendo cintas en la tienda de mi primo, Peter Paul M’Swiney. Ni hablar.
Calló. Mr Bloom miró de su bigote enfadado al rostro apacible de Mr Power y a los ojos y la barba de Martin Cunningham, que negaba con gravedad. Hombre ruidoso y terco. Lleno de su hijo. Tiene razón. Algo que legar. Si el pequeño Rudy hubiera vivido. Verlo crecer. Oír su voz en la casa. Caminando al lado de Molly con traje de Eton. Mi hijo. Yo en sus ojos. Qué extraño sentimiento sería. De mí. Por pura