No veo nada.
―¿Qué, señor? —preguntó Talbot con sencillez, inclinándose hacia adelante.
Su mano pasó la página. Se recostó y continuó habiéndolo recordado recién.
De aquel que andaba sobre las olas. También aquí sobre estos corazones pusilánimes se proyecta su sombra y sobre el corazón y los labios del burlón y sobre los míos. Se proyecta sobre sus rostros ávidos que le ofrecieron una moneda del tributo. Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios. Una mirada larga de ojos oscuros, una sentencia enigmática para ser tejida y retejida en los telares de la iglesia. Sí.