el corazón a veces, que le traspasaba las entrañas. Sin embargo, él era joven y por ventura podría llegar a amarla con el tiempo. Eran protestantes en su familia y por supuesto Gerty sabía Quién iba primero y después de Él la Santísima Virgen y luego san José.
Pero era indudablemente apuesto con una nariz primorosa y era lo que aparentaba, todo un caballero de pies a cabeza, la forma de su cabeza también por detrás sin la gorra que ella reconocería en cualquier parte algo fuera de lo común y la manera en que giraba la bicicleta junto al farol sin las manos en el manillar y además el agradable aroma de aquellos buenos cigarrillos y además los dos eran de la misma estatura y por eso Edy Boardman pensaba que era terriblemente lista porque él no iba a dar paseos de arriba abajo delante de su jardincito.
Gerty iba vestida sencillamente pero con el gusto instintivo de una devota de doña Moda, pues sentía que había una mínima posibilidad de que él estuviera fuera.
Una blusa elegante de azul eléctrico, teñida en casa con tintes Dolly (porque en el Lady’s Pictorial se preveía que se llevaría el azul eléctrico), con una coqueta abertura en uve que bajaba hasta el canalillo y un bolsillo de pañuelo (en el que siempre guardaba un trozo de algodón hidrófilo perfumado con su colonia favorita, porque el pañuelo estropeaba la caída) y una falda azul marino de tres cuartos adaptada al paso realzaban a la perfección su esbelta y graciosa silueta.
Llevaba un sombrerito coqueto y monísimo de paja de Manila de ala ancha con ribetes en contraste por la parte inferior del ala de felpilla azul huevo y en el lateral un lazo de mariposa a juego. Tarde del martes