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Capítulo 11

―Me arriesgué un poco, dijo Boylan guiñando el ojo y bebiendo. No por cuenta propia, ya sabe. Un capricho de un amigo mío.

Lenehan seguía bebiendo y sonreía ante su cerveza inclinada y ante los labios de la señorita Douce que casi tatareteaban, sin cerrarse, el canto del océano que sus labios habían trinado. Idolores. Los mares de oriente.

El reloj zumbó. La señorita Kennedy pasó por su lado (flor, quién sabe quién le regalaría), llevándose la bandeja del té. El reloj chasqueó.

Miss Douce cogió la moneda de Boylan, golpeó con decisión la caja registradora. Sonó metálica. El reloj hizo clac. La bella de Egipto bromeó y ordenó en la gaveta y tarareó y entregó monedas de cambio. Mira hacia el oeste. Un clac. Para mí.

—¿Qué hora es esa? —preguntó Blazes Boylan—. ¿Las cuatro?

En punto.

Lenehan, los ojillos hambrientos de su zumbido, el busto zumabundo, tiró de la manga del codo de Blazes Boylan.

―Veamos qué hora es, dijo.

El bolso de Goulding, Colles, Ward guio a Bloom a través de mesas florecidas de centeno. Sin rumbo

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