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Capítulo 9

mientras caminaba con esfuerzo hacia Romaville silbando La muchacha que dejé atrás. Si el terremoto no le pusiera fecha sabríamos dónde ubicar al pobre Wat, sentado en suserón, el grito de los perros, la brida tachonada y sus ventanas azules. Esa memoria, Venus y Adonis, yacía en la alcoba de toda fulana de Londres. ¿Es poco agraciada Catalina la fierecilla? Hortensio la llama joven y hermosa. ¿Crees que el autor de Antonio y Cleopatra, un peregrino apasionado, tenía los ojos en la nuca para elegir a la furcia más fea de todo Warwickshire con quien acostarse. Bien: la abandonó y ganó el mundo de los hombres. Pero sus mujeres-muchacho son las mujeres de un muchacho. Su vida, pensamiento y discurso les son prestados por varones. ¿Eligió mal? Fue elegido, me parece a mí. Si otros hacen su voluntad, Ann se las apaña. Por Dios, ella tuvo la culpa. Le echó el anzuelo, dulce y veintiséis. La diosa de ojos grises que se inclina sobre el muchacho Adonis, agachándose para vencer, como prólogo al grandioso acto, es una descarada mozuela de Stratford que se acuesta en un trigal con un amante más joven que ella.

¿Y mi turno? ¿Cuándo?

¡Ven!

—Ryefield, dijo el señor Best con alegría, con gusto, levantando su nuevo libro, con gusto, con alegría.

Murmuró entonces con rubio deleite

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