les di de comer a los pájaros hace cinco minutos. Trescientos estiraron la pata. Otros trescientos nacidos, lavando la sangre, todos lavados en la sangre del cordero,
Ciudad llena que se muere, otra ciudad llena que viene, muriéndose también: otra que llega, que pasa.
Casas, filas de casas, calles, millas de aceras, ladrillos amontonados, piedras.
Cambiando de manos. Este dueño, aquel. El casero nunca muere, dicen. Otro se calza sus zapatos cuando a él le dan su aviso de desahucio. Compran el sitio con oro y aún les queda todo el oro. Hay timo en alguna parte.
Amontonadas en ciudades, desgastadas siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas a base de pan y cebollas. Esclavos. Muralla china. Babilonia. Grandes piedras que quedan. Torres redondas. Lo demás escombro, suburbios desparramados, construcciones chapuceras, las casas de champiñón de Kerwan, hechas de escoria. Refugio por una noche.
Nadie es nada.
Esta es la peor hora del día.
- Vitalidad.
- Apagado, sombrío: odio esta hora.
- Siento como si me hubieran comido y vomitado.
Casa del rector. El reverendísimo doctor Salmon: salmón en lata. Bien enlatado ahí dentro. No viviría en ella ni que me pagaran. Ojalá tengan hígado con beicon hoy. La naturaleza aborrece el vacío.
El sol se liberó lentamente y encendió destellos de luz entre la vajilla de plata