sol, dice Joe.
―Y la tragedia de todo esto, dice el ciudadano, es que se lo creen. Los desdichados yahoos se lo creen.
Creen en la vara, el flagelador todopoderoso, creador del infierno sobre la tierra y en Jacky Tar, el hijo de perra, que fue concebido de jactancia impía, nacido de la armada combatiente, padeció bajo el trasero y la docena, fue martirizado, desollado y curtido, aulló como un maldito infierno, al tercer día resucitó de la litera, timoneó hacia puerto, se sienta sobre su pantoque hasta nuevo aviso desde donde vendrá a jorobarse la vida para ganarse el pan y cobrar.
—Pero —dice Bloom—, ¿no es la disciplina la misma en todas partes? O sea, ¿no sería la misma aquí si enfrentaras la fuerza a la fuerza?
¿No te lo dije? Tan verdad como que me estoy tomando esta porter, si estuviera dando el último suspiro, trataría de convencerte a la fuerza de que morir era vivir.
—Opondremos la fuerza a la fuerza, dice el ciudadano. Tenemos nuestra mayor Irlanda allende el mar. Los echaron de sus casas y hogares en el nefasto cuarenta y siete. Sus chozas de barro y sus cabañas junto al camino fueron derribadas por el ariete y el Times se frotaba las manos y les decía a los pusilánimes sajones que pronto habría tantos irlandeses en Irlanda como pieles rojas en América. Hasta el Gran Turco nos mandó sus piastras. Pero el sassenach intentó hambrienar a la nación en su propia patria mientras la tierra estaba llena de cosechas que las hienas británicas compraban y vendían en