foto que tenía de Martin Harvey, el ídolo de las matinés, solo que con bigote, el cual prefería porque ella no estaba chiflada por el teatro como Winny Rippingham, que quería que las dos vistan siempre igual por culpa de una obra, aunque desde donde estaba sentado no alcanzaba a ver si tenía la nariz aguileña o ligeramente retroussé. Estaba de luto riguroso, eso podía verlo, y la historia de un dolor obsesivo estaba escrita en su rostro. Habría dado cualquier cosa por saber cuál era.
Él miraba hacia arriba con tanta intensidad, tan inmóvil, y la vio chatear el balón y tal vez podía ver las brillantes hebillas de acero de sus zapatos si los balanceaba de esa manera pensativa con la punta hacia abajo.
Se alegró de que algo le dijera que se pusiera las medias transparentes pensando que Reggy Wylie podría estar por ahí, pero eso quedaba muy lejos.
Aquí estaba aquello con lo que tantas veces había soñado. Era él quien importaba y había alegría en su rostro porque lo quería porque sentía instintivamente que él no se parecía a nadie.
Lo más hondo del corazón de la mujer niña se volcó hacia él, su espriomario, porque supo al instante que era él. Si él había sufrido, más ofendido que ofensor, o incluso, incluso, si él mismo hubiera sido un ofensor, un malvado, no le importaba. Incluso si era protestante o metodista podría convertirlo fácilmente si de verdad la amaba. Había heridas que pedían ser curadas con bálsamo de amor. Ella era una mujer muy mujer, no como otras chicas volubles, poco femeninas, que él había conocido, esas ciclistas luciendo lo que no tenían, y ella solo ansiaba saberlo todo, perdonarlo todo si lograba que él se enamorara de ella, hacerle olvidar el recuerdo