a la primera raza. Una vieja bruja encorvada cruzaba desde lo de Cassidy aferrando por el cuello una botellita de aguardiente. La gente más vieja. Vagó muy lejos por toda la tierra, de cautiverio en cautiverio, multiplicándose, muriendo, naciendo en todas partes. Yacía allí ahora. Ahora ya no podía engendrar más. Muerto: el de una vieja: el coño gris y hundido del mundo.
Desolación.
Un gris horror abrasó su carne. Doblando la página en su bolsillo, dobló hacia Eccles’ Street, apresurándose a casa.
Aceites fríos se deslizaron por sus venas, enfriando su sangre: la vejez cubriéndolo con un manto de sal.
Bueno, ya estoy aquí. Sabor de boca mañanero malas imágenes. Me levanté con el pie izquierdo. Tengo que empezar otra vez con esos ejercicios de Sandow. El pino apoyando las manos.
Casas de ladrillo marrón manchado. El número ochenta aún sin alquilar. ¿Por qué será? La tasación es de solo veintiocho. Towers, Battersby, North, MacArthur: los ventanales de los salones empapelados de carteles. Parches en ojo enfermo.
Oler el humo suave del té, el vaho de la sartén, la mantequilla chisporroteante. Estar cerca de su carne amplia y cálida de cama. Sí, sí.
Rápida y cálida luz de sol vino corriendo desde Berkeley Road, rauda, en sandalias finas, por la acera que se iba iluminando. Corre, corre a mi encuentro, una muchacha con cabello de oro