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Capítulo 10

un hombrecillo pulcro con un traje de llovizna que caminaba con paso inseguro y apresurado pasando junto a las relojerías de Micky Anderson.

―Los callos del secretario municipal adjunto le están dando algo de guerra, le dijo John Wyse Nolan a Mr Power.

Siguió con ellos la esquina hacia la taberna de James Kavanagh.

El coche de punto vacío se alzaba ante ellos, detenido en Essex Gate.

Martin Cunningham, hablando sin cesar, enseñaba a menudo la lista a la que Jimmy Henry no echaba una ojeada.

―Y el viejo John Fanning también está aquí —dijo John Wyse Nolan—, en carne y hueso.

La alta figura de Long John Fanning llenaba el umbral de la puerta donde estaba de pie.

―Buenos días, señor subalguacil, dijo Martin Cunningham, mientras todos se detenían y saludaban.

Long John Fanning no les abrió paso. Se quitó el gran sombrero Henry Clay con ademán tajante y sus grandes ojos feroces recorrieron los rostros de todos con inteligente hostilidad.

—¿Prosiguen los padres conscriptos sus pacíficas deliberaciones? —dijo con rica y acre dicción al secretario municipal auxiliar.

Infierno abierto para los cristianos que estaban armando, dijo Jimmy Henry con fastidio, por su maldita lengua irlandesa. Dónde estaba el mariscal, quería saber, para mantener el orden en la sala del concejo. Y el viejo Barlow, el macecero, postrado con asma, sin maza sobre la mesa, nada en orden, ni siquiera el quórum

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