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Capítulo 11

sí sola, luego cada cual para la otra, oyendo el chapoteo de las olas, fuertemente, un rugido silencioso.

Bronce por un oro cansado, cerca, lejos, escuchaban.

Su oreja también es una concha, el lóbulo asomado ahí. Ha estado en la orilla del mar. Preciosas chicas de playa. La piel tostada en vivo. Se habría echado crema fría primero para que se pusiera morena. Tostada con mantequilla. Oh, y esa loción no hay que olvidarla. Fiebre cerca de la boca. Tu cabeza sencillamente. El pelo trenzado por encima: concha con algas. ¿Por qué se tapan las orejas con pelo de algas? ¿Y los turcos la boca, por qué? Sus ojos por encima de la sábana, un yashmak. Encontrar el camino de entrada. Una cueva. Prohibida la entrada excepto por negocios.

El mar que creen oír. Cantando. Un rugido. La sangre es. Chof en el oído a veces. Bueno, es un mar. Islas de corpúsculos.

Maravilloso de veras. Tan distinto. Otra vez.

George Lidwell retuvo su murmullo, oyendo: luego lo dejó, con suavidad.

—¿Qué dicen las salvajes olas?, le preguntó, y

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