su caballo repiqueteando detrás de nosotros por Abbey street. Menuda suerte tuve de tener la presencia de ánimo de meterme en lo de Manning o iba apañado. Sí que se pegó un buen porrazo, por Júpiter. Debió de rajarse el cráneo contra los adoquines. No debí dejarme arrastrar con esos estudiantes de medicina. Y los novatos del Trinity con sus birretes. Buscando jaleo. Aun así llegué a conocer a ese joven Dixon que me curó aquella picadura en el Mater y ahora está en Holles street donde la señora Purefoy. Ruedas dentro de ruedas. El silbato de la policía todavía en mis oídos. Todos pirados. Por qué se fijaría en mí. Entregarme a las autoridades. Justo aquí empezó.
―¡Arriba los bóeres!
—¡Tres hurras por De Wet!
―Colgaremos a Joe Chamberlain de un manzano agrio.
Zopencos: turba de cachorros chillando a pleno pulmón.
Vinegar Hill. La banda de la Lonja de la Mantequilla.
Unos años y la mitad de ellos magistrados y funcionarios.
Estalla la guerra: al ejército a la desbandada: los mismos tipos acostumbrados a si en alto cadalso mueren.
Nunca se sabe con quién se habla. Corny Kelleher, tiene a Harvey Duff en la mirada. Como aquel Peter o Denis o James Carey que cantó lo de los invencibles. Miembro del ayuntamiento también. Azuzando a