que soltó una suave indirecta sobre que se hacía tarde. Y cuando Cissy se acercó, Edy le preguntó la hora y la señorita Cissy, con toda la labia del mundo, dijo que eran las y media de la hora de los besos, hora de volver a besar. Pero Edy quería saberlo porque les habían dicho que tenían que volver temprano.
—Espera —dijo Cissy—, le voy a preguntar a mi tío Peter, que está ahí, qué hora marca su jerigonza.
Así que allá fue y cuando él la vio venir ella pudo ver que sacaba la mano del bolsillo, poniéndose nervioso, y empezaba a jugar con la cadena del reloj, mirando a la iglesia.
Naturaleza apasionada aunque era, Gerty pudo ver que tenía un dominio enorme sobre sí mismo. Un momento antes había estado allí, fascinado por un encanto que le hacía mirar fijamente y al momento siguiente era el tranquilo caballero de rostro serio, el autocontrol expresado en cada línea de su figura de aspecto distinguido.
Cissy le dijo que la disculpara le importaría decirle qué hora era y Gerty pudo ver que él sacaba su reloj, se lo llevaba al oído y miraba hacia arriba y se aclaraba la garganta y él dijo que lo sentía mucho su reloj se había parado pero creía que debían de ser más de las ocho porque el sol ya se había puesto.
Su voz tenía un timbre culto y aunque hablaba con acento medido había un vislumbre de temblor en el tono melodioso.
Cissy dio las gracias y volvió con la lengua fuera y dijo que el tío decía que los caños se le habían estropeado.
Luego cantaron la segunda estrofa del Tantum ergo y el canónigo O’Hanlon se levantó de nuevo e incensó el Santísimo Sacramento y se hincó