calmaron el paladar. Eso no era madera de campeche. Sabe más lleno con este tiempo sin estar frío.
Un bar agradable y tranquilo.
Buen trozo de madera en esa barra. Bien cepillado. Me gusta cómo se curva ahí.
—Yo no haría nada en absoluto en ese ramo —dijo Davy Byrne—. A muchos hombres los han arruinado esos malditos caballos.
Sorteo de los vinateros.
Con licencia para la venta de cerveza, vino y licores para su consumo en el establecimiento.
Cara gano yo, cruz pierdes tú.
―Eso va por ti, dijo el curioso Flynn. A menos que estés en el ajo. Ahora no hay deporte limpio.
Lenehan acierta unas cuantas. Hoy da a Sceptre. Zinfandel es el favorito, el de lord Howard de Walden, ganó en Epsom. Lo monta Morny Cannon. Podría haber conseguido siete a uno contra Saint Amant quince días antes.
—¿Sí? Eso dijo Davy Byrne…
Fue hacia la ventana y, tomando el libro de caja chica, escrutó sus páginas.
―Podría, a fe mía, —dijo Nosey Flynn sorbiéndose los mocos—. Aquello era una magnífica bestia. Saint Frusquin era su padre. Ganó en plena tormenta, la potranca de Rothschild, con algodón en los orejos. Casaca azul y gorra amarilla. Mal rayo parta al gran Ben Dollard y a su John O'Gaunt. Me desanimó. Sí.
Bebió resignadamente de