o algo así. Saben ellos lo que acarrean aquí todos los días. Deben de ser veinte o treinta entierros todos los días. Luego Mount Jerome para los protestantes. Entierros por todo el mundo en todas partes a cada minuto. Pala y pala echándolos bajo tierra por carretadas a todo meter. Miles cada hora. Demasiados en el mundo.
Los deudos salieron por las puertas: una mujer y una niña.
- Arpía de mandíbula flaca, mujer dura para el regateo, con la cofia torcida.
- El rostro de la niña manchado de suciedad y lágrimas, aferrada al brazo de la mujer, mirándola en busca de una señal para llorar.
- Cara de pescado, exangüe y lívida.
Los mudos cargaron el féretro a los hombros y lo llevaron adentro por las verjas.
Tanto peso muerto. Me sentí más pesado yo mismo al salir de aquel baño.
Primero el tieso: luego los amigos del tieso. Corny Kelleher y el muchacho siguieron con sus coronas.
¿Quién es ese al lado de ellos? Ah, el cuñado.
Todos caminaron detrás.
Martin Cunningham susurró:
—Yo estaba con el agua al cuello con lo que decías del suicidio delante de Bloom.
―¿Qué? Susurró el señor Power. ¿Cómo es eso?
―Su padre se envenenó ―susurró Martin Cunningham―. Tenía el hotel Queen en Ennis. Le oíste decir que iba a Clare. Aniversario.
—¡Oh, Dios! —susurró el señor