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Capítulo 3

Pues un brindis por la tía de Mulligan y os diré la razón por qué: siempre mantuvo las cosas decentes en la familia Hannigán.

Sus pies marcharon con un súbito y orgulloso ritmo sobre las ondulaciones de la arena, bordeando los peñascos del muro sur. Los miraba con orgullo, cráneos de mamut de piedra amontonada.

Luz dorada sobre el mar, sobre la arena, sobre los peñascos. El sol está allí, los árboles esbeltos, las casas color de limón.

París despertando en crudo, luz tosca sobre sus calles de limón. Miga húmeda de hogazas de pan, el ajenjo verdirrana, su incienso matutino, cortejan el aire. Belluomo se levanta de la cama de la mujer del amante de su mujer, la ama de casa con pañuelo en la cabeza se pone en marcha, un platillo de ácido acético en las manos. En Rodot, Yvonne y Madeleine rehacen sus bellezas desaliñadas, destrozando con dientes de oro los chaussons de hojaldre, sus bocas amarilleadas por el pus del flan bretón. Rostros de hombres de París pasan de largo, sus complacidos complacedores, conquistadores rizados.

El mediodía duerme.

Kevin Egan enrolla cigarrillos de pólvora con dedos manchados de tinta de imprenta, bebiendo su hada verde mientras Patrice hace lo propio con la blanca.

Más allá, los tragones se meten al buche alubias especiadas.

Un demi sétier! A jet of coffee steam from the burnished caldron. She serves me at his beck. * Il est

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