lecho. Lloraba en su mísera cama. Por esas palabras, Stephen: el amargo misterio del amor.
¿Y ahora dónde?
Sus secretos: viejos abanicos de plumas, programas de baile con borlas, empolvados de almizcle, una baratija de cuentas de ámbar en su cajón con llave.
Una jaula de pájaros colgaba de la ventana soleada de su casa cuando era niña. Oyó cantar al viejo Royce en la pantomima de Turko el terrible y rió con los demás cuando él cantaba:
I am the boy That can enjoy Invisibility.
Fantasmal regocijo, guardado: perfumado de almizcle.
Y no te desvíes más a meditar.
Guardado en la memoria de la naturaleza con