muerte, un veneno vertido en el zaguán de un oído dormido. Pero aquellos a los que se da muerte durmiendo no pueden conocer la manera de su matanza a menos que su Creador dote a sus almas de ese conocimiento en la vida venidera. El envenenamiento y la bestia de dos lomos que lo instigó, el fantasma del rey Hamlet no podría conocerlos de no haber sido dotado de conocimiento por su creador. Por eso el discurso (su inglés escuálido y desapacible) se vuelve siempre hacia otra parte, hacia atrás. Violador y violada, lo que él querría pero no querría, van con él desde los globos de marfil de círculos azules de Lucrecia hasta el pecho de Imogen, desnudo, con su lunar de cinco manchas. Retrocede, cansado de la creación que ha amontonado para ocultarse de sí mismo, un viejo perro que se lame una vieja llaga. Pero, debido a que la pérdida es su ganancia, avanza hacia la eternidad con su personalidad inminuta, sin haber aprendido de la sabiduría que ha escrito ni de las leyes que ha revelado. Su beaver está levantado. Es un fantasma, una sombra ahora, el viento junto a las rocas de Elsinor o lo que queráis, la voz del mar, una voz escuchada solo en el corazón de aquel que es la sustancia de su sombra, el
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Capítulo 9
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