¡Alerta!
Tararea compases de la aria di sortita de Ferrando. El número más grandioso, Stephen, de toda la ópera. Escucha.
Su silbido melódico suena de nuevo, sutilmente matizado, con ráfagas de aire, sus puños repiqueteando a lo grande sobre sus rodillas acolchadas.
Este viento es más dulce.
Casas de descomposición, la mía, la suya y la de todos.
Le dijiste a los señoritos de Clongowes que tenías un tío juez y un tío general en el ejército. Sal de ellas, Stephen. La belleza no está ahí.
Ni en la bahía estancada de la biblioteca de Marsh, donde leías las profecías marchitas de Joaquín Abbas. ¿Para quién? Para la chusma bicéfala del atrio de la catedral.
Un misántropo huyó de ellos al bosque de la locura, su crin espumeando a la luz de la luna, sus globos oculares convertidos en estrellas. Houyhnhnm, de ollares equinos. Los rostros equinos y ovales. Temple, Buck Mulligan, Foxy Campbell, Mandíbulas de linterna.
Padre Abbas, decano furioso, ¿qué ofensa prendió fuego a sus cerebros? ¡Puff! Descende, calve, ut ne nimium decalveris. Una guirnalda de canas sobre su cabeza anatematizada mírale a él trepando hacia la tarima (descende), aferrando una custodia, con ojos de basilisco. ¡Baja, calavera calva!
Un coro devuelve la amenaza y el eco, asistiendo en torno a los cuernos del altar, el latín resoplado de curas de pacotilla que se mueven corpulentos en sus albas, tonsurados y óleos y castrados, gordos con la grosura de los riñones del trigo.