todo el mundo. Todos embistiendo con sus cráneos para salir de aquello. Nace un niño cada minuto en alguna parte. La señora Purefoy.
Dejó ambos libros a un lado y echó un vistazo al tercero: Cuentos del gueto, de Leopold von Sacher-Masoch.
―Eso tenía, dijo, apartándolo de un empujón.
El dependiente dejó caer dos volúmenes sobre el mostrador.
—Esos dos son buenos —dijo—.
Cebollas de su aliento cruzaron el mostrador desde su boca destrozada. Se inclinó para hacer un atado con los otros libros, los apretó contra su chaleco desabrochado y se los llevó detrás de la cortina mugrienta.
Sobre el puente de O’Connell muchas personas observaron el grave porte y el alegre atuendo