mundo cree que Shakespeare cometió un error —dijo—, y salió del paso tan rápida y decorosamente como pudo.
―¡Vaya parida! —dijo Stephen con brusquedad—. Un hombre de genio no comete errores. Sus errores son voluntarios y son los portales del descubrimiento.
Se abrieron portales de descubrimiento para dejar entrar al bibliotecario cuáquero, de pisadas crujientes y suaves, calvo, orejudo y asiduo.
—Una arpía —dijo John Eglinton con astucia—, no es un portal muy útil para el descubrimiento, cabe imaginar. ¿Qué útil descubrimiento aprendió Sócrates de Xantipa?
—Dialéctica —respondió Stephen—, y de su madre cómo traer los pensamientos al mundo. Lo que aprendió de su otra esposa Mirto (absit nomen!), el Epipsychidion de Socratididión, ningún hombre, ni ninguna mujer, lo sabrá jamás. Pero ni la ciencia de la comadrona ni las homilías de la poncheta lo salvaron de los arcontes del Sinn Fein y su botellita de cicuta.
—¿Pero Ann Hathaway? —dijo la voz pausada de Mr. Best, como si intentara recordar—. Sí, parece que la estamos olvidando, como el propio Shakespeare la olvidó.
Su mirada pasó de la barba del cavilador al cráneo del criticón, para recordarles, para reprenderlos sin acritud, y luego al testaferro lollardo de rosada calva, inocente aunque difamado.
—Tenía un buen puñado de ingenio, dijo Stephen, y una memoria nada holgazana. Llevaba la memoria en la cartera