pecado—. Está entre líneas de sus últimas palabras escritas, está petrificado en su lápida, bajo la cual no han de yacer los cuatro huesos de ella. La edad no lo ha marchitado. La belleza y la paz no lo han borrado. Está en infinita variedad en todas partes del mundo que ha creado, en Mucho ruido y pocas nueces, dos veces en Como gustéis, en La tempestad, en Hamlet, en Medida por medida, y en todas las demás obras que no he leído.
Se rió para liberar su mente de la esclavitud de su mente.
El juez Eglinton hizo un resumen.
—La verdad está en el término medio —afirmó—. Él es el fantasma y el príncipe. Él lo es todo en todos.
—Lo es —dijo Stephen—. El muchacho del acto primero es el hombre maduro del acto quinto. A fin de cuentas. En Cymbeline, en Otelo, es alcahuete y cornudo. Él actúa y es actuado. Amante de un ideal o de una perversión, como José mata a la verdadera Carmen. Su intelecto incesante es el celoso Iago que desea sin tregua que el moro que hay en él sufra.
—¡Cu-cú! ¡Cu-cú! —cacareó obscenamente Buck Mulligan. ¡Oh, palabra temible!
Cúpula oscura recibida, con eco.
―¡Y qué personaje es Iago! exclamó audazmente John Eglinton. A fin de cuentas, Dumas