sacudían el aire de la librería, inflando las cortinas mugrientas. La cabeza gris y despeinada del librero asomó y su rostro enrojecido y sin afeitar, tosiendo. Se carraspeó la garganta groseramente, escupió flema en el suelo. Puso la bota sobre lo que había escupido, pasando la suela por encima y se inclinó, mostrando una coronilla de piel en carne viva, con escaso pelo.
El señor Bloom lo vio.
Dominando su respiración agitada, dijo:
―Me llevaré este.
El dependiente levantó unos ojos nublados por las viejas legañas.
—Sweets of Sin —dijo, dándose golpecitos en la cubierta—. Ese es bueno.
El lacayo junto a la puerta de la sala de subastas de Dillon volvió a agitar su campanilla