bajo. Dejando la puerta entreabierta, entre el hedor a lechada de cal mohosa y telarañas viejas, se desató los tirantes. Antes de sentarse, escudriñó a través de una rendija hacia la ventana de al lado. El rey estaba en su gabinete de cuentas. Nadie.
Encuclillado en el escusado, desplegó el periódico y pasó las hojas sobre las rodillas desnudas. Algo nuevo y fácil. Sin mucha prisa. Guardarlo un poco. Nuestro bocado de cardenal. El golpe maestro de Matcham. Escrito por el señor Philip Beaufoy, Playgoers’ club, Londres. Se le ha pagado al autor a razón de una guinea la columna. Tres y media. Tres libras tres. Tres libras trece y seis.
Callado leía, reprimiéndose, la primera columna y, cediendo pero resistiéndose, empezó la segunda. A mitad de camino, cediendo su última resistencia, permitió que sus entrañas se aliviaran calladamente mientras leía, leyendo aún pacientemente, con aquel ligero estreñimiento de ayer ya disipado. Ojalá no sea muy gordo y me salgan almorranas otra vez. No, justo a su medida. Así. ¡Ah! Estreñido una pastilla de cáscara sagrada. La vida podría ser así. No lo conmovía ni lo conmovía pero era algo rápido y pulcro. Imprimen cualquier cosa hoy en día. Época de vacas flacas. Siguió leyendo, sentado calmo sobre su propio olor ascendente. Pulcro sin duda. Matcham piensa a menudo en el golpe maestro con el que conquistó