desvencijado donde las voces agudas andaban a greña. Estaban divididos en equipos y el señor Deasy avanzaba a pasos contados por entre mechones de hierba con los pies polainados. Cuando hubo llegado a la escuela, unas voces que volvían a disputar lo llamaron. Él volvió su enfadado bigote blanco.
—¿Qué pasa ahora? —gritaba sin cesar sin escuchar.
—¡Cochrane y Halliday están en el mismo bando, señor! —exclamó Stephen.
—Espere en mi estudio un momento, dijo el señor Deasy, hasta que ponga un poco de orden aquí.
Y mientras retrocedía con pasitos quisquillosos por el campo, su voz de viejo gritó con severidad:
―¿Qué pasa? ¿Qué ocurre ahora?
Sus agudas voces le gritaban por todas partes: sus múltiples formas lo cercaban, mientras la luz del sol chillona desteñía la miel de su cabeza mal teñida.
Un aire rancio y turbio pendía en el estudio con el olor del cuero soso y desgastado de sus sillones. Como el primer día regateó conmigo aquí. Como era en el principio, ahora es. En el aparador la bandeja de monedas Estuardo, vil tesoro de una ciénaga: y por los siglos de los siglos. Y abrigados en su estuche de cucharas de felpa morada, descolorida, los doce apóstoles habiendo predicado