una vieja en Argos o Julio César no hubiera sido apuñalado hasta la muerte. No hay que apartarlos con el pensamiento. El tiempo los ha marcado y, encadenados, se alojan en el aposento de las infinitas posibilidades que han desalojado. ¿Pero pudieron ser posibles dado que nunca fueron? ¿O solo fue posible lo que ocurrió? Teje, tejedor del viento.
―Cuéntenos una historia, señor.
—Oh, sí, hágalo, señor. Una historia de fantasmas.
―¿Por dónde se empieza en esto? —preguntó Stephen, abriendo otro libro.
—No llores más, dijo Comyn.
―Anda, ve entonces, Talbot.
―¿Y la historia, señor?
―Después, dijo Stephen. Sigue, Talbot.
Un muchacho