de Mary Cecil Haye.
El disco se deslizó por la canaleta, osciló un momento, se detuvo y los miró fijamente: seis.
Miss Dunne hizo clic en el teclado:
― 16 de junio de 1904 .
Cinco altos hombres sándwich de sombreros blancos entre la esquina de Monypeny y el zócalo donde no estaba la estatua de Wolfe Tone, serpentearon girando H. E. L. Y. S. y desanduvieron pesadamente lo andado.
Luego contempló fijamente el gran cartel de Marie Kendall, encantadora soubrette, y con desgana, aburrida, garabateó en el bloc dieciséis y eses mayúsculas. Pelo de mostaza y mejillas embadurnadas. No es muy agraciada, ¿verdad?
La forma en que se agarra el trocito de falda. A ver si ese tipo va esta noche a la banda. Si pudiera conseguir que esa modista me hiciera una falda de fuelle como la de Susy Nagle. Se abren de lo lindo. Shannon y todos los petimetres del club de remo no le apartaban los ojos de encima. Dios quiera que no me tenga aquí hasta las siete.
El teléfono sonó groseramente junto a su oído.
―Hola. Sí, señor. No, señor. Sí, señor. Los llamaré después de las cinco. * Solo esos dos, señor, para Belfast y Liverpool. Muy bien, señor. Entonces puedo irme después de las seis si usted no ha regresado. Un cuarto pasado. Sí, señor. > Veintisiete y seis. Se lo diré. Sí: