Ahí: gorro de piel de oso y plumero de penacho. No, es un granadero. Puños puntiagudos. Ahí está: reales fusileros de Dublín. Casacas rojas. Demasiado llamativos. Debe de ser por eso que las mujeres van tras ellos. Uniforme. Más fácil alistarse y hacer la instrucción. La carta de Maud Gonne sobre sacarlos de la calle O’Connell por la noche: una vergüenza para nuestra capital irlandesa. El periódico de Griffith va por el mismo camino ahora: un ejército podrido de enfermedad venérea: imperio de ultramar o medio mareado. Medio cocidos parecen: como hipnotizados. Los ojos al frente. Marcar el paso. Mesa: cable. Cama: red. Los propios del rey. Nunca se le ve disfrazado de bombero o de pasma. De masón, sí.
Salió de la oficina de correos y dobló a la derecha.
Hablar: como si con eso fuera a arreglarse algo.
Su mano se metió en el bolsillo y un dedo índice tanteó bajo la solapa del sobre, rasgándolo a tirones.
- Las mujeres le van a hacer mucho caso, qué va.
Sus dedos sacaron la carta y arrugaron el sobre en el bolsillo. Algo prendido con un alfiler: ¿una foto tal vez? ¿Pelo? No.
M’Coy. Deshazte de él rápido. Sácame del camino. Odio la compañía cuando tú.
―Hola, Bloom. ¿A dónde vas?
—Hola, M'Coy. A ningún sitio en particular.