inclinadas y al pie una firma torcida con bucles ciegos y un borrón. Cyril Sargent: su nombre y sello.
― Mr Deasy me dijo que los volviera a pasar a limpio todos, dijo, y que se los enseñara a usted, señor.
Stephen tocó los bordes del libro. Futilidad.
—¿Entiendes cómo hacerlos ahora? —preguntó.
―Del once al quince, respondió Sargent. El señor Deasy me dijo que los copiara de la pizarra, señor.
―¿Puedes hacerlo tú mismo? —preguntó Stephen.
—No, señor.
Feo y fútil: cuello flaco y pelo enmarañado y una mancha de tinta, un lecho de caracol. Y sin embargo alguien lo había querido, lo había llevado en sus brazos y en su corazón. De no ser por ella, la turba del mundo lo habría pisoteado, un caracol aplastado y sin hueso. Ella había querido su débil sangre aguada salida de la suya propia. ¿Era aquello real entonces? ¿Lo único verdadero en la vida? El cuerpo prostrado de su madre que el fogoso Columbano con santo celo hollaría. Ella ya no era: el esqueleto tembloroso de una ramita ardida en el fuego, un olor a palo de rosa y cenizas humedecidas. Ella lo había salvado de ser pisoteado y se había ido, apenas habiendo sido.