disposición. Si ellos podían correr como gitanos, ella podía sentarse, así que dijo que podía ver desde donde estaba.
Los ojos que se habían clavado en ella hicieron latir su pulso con furor. Lo miró un momento, encontrándose con su mirada, y una luz se hizo en su interior. En aquel rostro había una pasión candente, una pasión silenciosa como la tumba, y eso la había hecho suya. Por fin se quedaron a solas, sin los demás para fisgonear y hacer comentarios, y ella supo que se podía confiar en él hasta la muerte, firme, un hombre de ley, un hombre de un honor inflexible hasta la última fibra.
Sus manos y su cara se agitaban y un temblor la recorrió. Se echó muy hacia atrás para mirar hacia arriba, donde estaban los fuegos artificiales, y se agarró la rodilla con las manos para no caerse hacia atrás al mirar hacia arriba y no había nadie para verla, solo él y ella, cuando reveló así todas sus esbeltas y bellamente formadas piernas, flexibles, suaves y delicadamente torneadas, y le pareció oír los latidos del corazón de él, su respiración ronca, porque ella conocía la pasión de los hombres así, de sangre caliente, porque Bertha Supple se lo contó una vez en el más absoluto secreto y la hizo jurar que nunca diría nada sobre el huésped caballero que se alojaba con ellos, de la Junta de Distritos Congestionados, que tenía fotos recortadas de periódicos de esas bailarinas de faldas cortas y patadas altas, y dijo que él solía hacer algo no muy bonito que una a veces podía imaginarse en la cama.
Pero esto era completamente diferente de una cosa así porque había toda la diferencia porque casi podía sentir que él le acercaba la cara a la suya