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Capítulo 11

dijo a George Lidwell segundo lo vi. Y tocaba tan exquisitamente, un deleite oírlo. Exquisito contraste: párpados de bronce minadoro.

—¡Grita! —gritó Ben Dollard, sirviendo—. ¡Canta a voz en cuello!

—¡Sirve! —exclamó el padre Cowley.

Rrrrrr.

Siento que quiero⁠ ⁠…

Tap. Tap. Tap. Tap. Tap.

―Muy bien, dijo el señor Dedalus, mirando fijamente a una sardina sin cabeza.

Bajo la campana del sándwich yacía sobre unas parihuelas de pan una última, una solitaria, última sardina del verano. Bloom solo.

―Muy bien, miró fijamente. El registro grave, preferiblemente.

Tap. Tap. Tap. Tap. Tap. Tap. Tap. Tap.

Bloom pasó por lo de Barry. Ojalá pudiera. Espera. Ese hacedor de maravillas si tuviera.

Veinticuatro procuradores en esa sola casa. Litigios. Amaos los unos a los otros. Pilas de pergamino. Los señores Tuerce y Pela tienen poder notarial. Goulding, Collis, Ward.

Pero por ejemplo el tipo que le arrea al bombo. Su vocación: la orquesta de Micky Rooney. Me pregunto cómo se le ocurrió por primera vez. Sentado en casa después de careta de cerdo y col, acunándolo en el sillón. Ensayando su parte

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