de feria se dirigió a J. J. O’Molloy:
—Taylor había venido allí, habéis de saberlo, desde un lecho de enfermo. Que hubiera preparado su discurso no lo creo, pues no había ni un solo taquígrafo en la sala. Su rostro oscuro y demacrado tenía una maraña de barba desaliñada alrededor. Llevaba una corbata floja y en conjunto parecía (aunque no lo era) un moribundo.
Su mirada se volvió al instante pero con lentitud de la de J. J. O’Molloy hacia el rostro de Stephen y luego se inclinó de inmediato hacia el suelo, buscando. Su cuello de hilo sin almidón asomaba por detrás de su cabeza inclinada, manchado por su pelo mustio. Aún buscando, dijo:
―Cuando terminó el discurso de Fitzgibbon, John F. Taylor se levantó para responder. Brevamente, tal como puedo recordarlas, sus palabras fueron estas.
Alzó la cabeza con firmeza. Sus ojos volvieron a recapacitar. Mariscos sin gracia nadaban en las gruesas lentes de un lado a otro, buscando una salida.
Comenzó:
― Señor presidente, damas y caballeros: Grande ha sido mi admiración al escuchar las palabras dirigidas hace un momento a la juventud de Irlanda por mi docto amigo. Me ha parecido que había sido transportado a un país muy lejano de