durante la trifulca de los bolsillos de sus colegas subalternos con la esperanza de hacerlos entrar en razón. Los objetos (que incluyeron varios cientos de relojes de oro y plata de señoras y caballeros) fueron devueltos sin demora a sus legítimos dueños y la armonía general reinó soberana.
Silenciosamente, sin estridencias, Rumbold subió al cadalso ataviado con un chaqué impecable y luciendo su flor favorita, el Gladiolus Cruentus. Anunció su presencia con esa suave tos rumboldiana que tantos han intentado (sin éxito) imitar: breve, esmerada, pero a la vez muy característica del personaje. La llegada del verdugo de fama mundial fue recibida con un rugido de aclamación por parte de la enorme concurrencia; las damas virreinales agitaban sus pañuelos de la emoción, mientras los delegados extranjeros, aún más excitados, vitoreaban vociferantes en una amalgama de gritos: hoch, banzai, eljen, zivio, chinchin, polla kronia, hiphip, vive, Allah, entre los cuales se distinguía fácilmente el sonoro evviva del delegado de la tierra de la canción (un do de pecho agudo que recordaba aquellas notas de penetrante hermosura con las que el eunuco Catalani encandiló a nuestras tatarabuelas). Eran exactamente las diecisiete en punto.
La señal para la oración fue dada entonces prontamente por megáfono y en un instante todas las cabezas quedaron descubiertas, siendo retirado el sombrero patriarcal del comendador —en posesión de su familia desde la revolución de Rienzi— por su médico de cabecera, el doctor Pippi. El ilustrado prelado que administró los últimos auxilios de la santa religión al héroe mártir cuando estaba a punto