y que él mismo es el fantasma de su propio padre.
―¿Qué? —dijo Haines, empezando a señalar a Stephen—. ¿Él mismo?
Buck Mulligan se echó la toalla al cuello a modo de estola y, doblandose con una risa floja, le dijo al oído a Stephen:
―¡Oh, sombra del viejo Kinch! ¡Jafet en busca de padre!
—Siempre estamos cansados por la mañana, le dijo Stephen a Haines. Y es bastante largo de contar.
Buck Mulligan, avanzando de nuevo, levantó las manos.
―La pinta sagrada es lo único capaz de desatar la lengua de Dédalo —dijo.
—Quiero decir —explicó Haines a Stephen mientras le seguían—, esta torre y estos acantilados de aquí me recuerdan de algún modo a Elsinor. That beetles o’er his base into the sea, ¿no es así?
Buck Mulligan se volvió de golpe un instante hacia Stephen pero no habló. En el instante brillante y silencioso Stephen vio su propia imagen de luto barato y polvoriento entre sus alegres indumentarias.
—Es un cuento maravilloso —dijo Haines, obligándoles a detenerse de nuevo.
Ojos, pálidos como el mar que el viento había encrespado, más pálidos, firmes y prudentes. Dueño de los mares, miraba hacia el sur sobre la bahía, vacía salvo por la columna de humo del vapor correo, vaga en el brillante