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Capítulo 5

El depósito de madera de Meade. Vigas apiladas. Ruinas y conventillos. Con paso prudente cruzó por encima de una rayuela con su correspondiente tejo olvidado. Ni un alma. Cerca del depósito de madera, un niño acurrucado jugando a las canicas, solo, tirando el bolón con el dedo doblado. Una gata atigrada y prudente, una esfinge parpadeante, observaba desde su alféizar cálido. Lástima molestarlos. Mahoma le cortó un trozo a su manto para no despertarla. Ábrela. Y una vez jugué a las canicas cuando iba a la escuela de aquella vieja dama. Le gustaba el amor de hombre. La de la señora Ellis. ¿Y el señor ? Abrió la carta dentro del periódico.

Una flor. Creo que es una. Una flor amarilla con pétalos aplanados. ¿No está molestada entonces? ¿Qué dice ella?

Querido Henry, > > Recibí tu última carta y te lo agradezco mucho. Siento que no te haya gustado mi última carta. ¿Por qué incluiste los sellos? Estoy terriblemente enojada contigo. Ojalá pudiera castigarte por eso. Te llamé niño malo porque no me gusta ese otro mundo. Por favor, dime cuál es el significado real de esa palabra. ¿No eres feliz en tu casa, pobre pequeño niño malo? Ojalá pudiera hacer algo por ti. Por favor, dime qué piensas de esta pobre de mí. A menudo pienso en el hermoso nombre que tienes. Querido Henry, ¿cuándo nos veremos? Pienso en ti tan a menudo que no tienes idea. Nunca me he sentido tan atrída hacia un hombre como hacia ti. Me siento muy mal por esto.

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